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Acerca de Caballitos, nuevo libro de Paolo Guinea, Alexánder Sequén-Mónchez comenta

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portada Caballitos FINAL

Portada del libro editado por Editorial Cultura

 

El jinete a tragos de tequila

 

Con la firma de “Caballitos”, y antes de cumplir cuarenta años, Paolo Guinea se consagra como uno de los poetas más importantes de Centroamérica. Su primer libro surgió cronometrado con este siglo moderno y bárbaro. Desde entonces, burilando la fuerza de sus imágenes -o lo que es igual: afinando el oído-, sus poemas han sabido resistir las dentelladas que le da la realidad.    

 

“Caballitos” perfecciona las obsesiones de Paolo Guinea. El lenguaje, la primera. Una construcción vertiginosa que sirve de latigazo para desmemoriados y no se cansa de reivindicar sus dos geografías -Guatemala y México- en una patria también bifronte, irreconciliable: la infancia y los sueños. Puede que la forma precisa de su esfuerzo se entienda en el pie feroz que se entremete entre la oscuridad y una puerta.

 

El título de este libro viene de dar sorbos en el alcohol. Nuestros “Caballitos, además de relinchar y desbocarse como cualquier equino, son esos vasitos de vidrio con los que quemarse la garganta. De ahí la brevedad y contundencia de los textos, únicamente explayados en su propio incendio cuando el ánimo rompe la prosa comprimida, casi aforística, a la que somete la comprensión del mundo. Porque no se trata de ideas sintéticas ni de ingeniosos microdiscursos, sino de destellos en los que la reflexión, lejos de estorbar, aporta un valor estético capaz de dialogar con el lector. Da lo mismo si el texto enhebra una referencia culta o reseña su acervo popular.

 

Paolo Guinea es un poeta meditativo. Sus introspecciones, contradictoriamente diáfanas y enigmáticas, son arranques críticos contra la vida exterior. Valiéndose de poquísimas comas y de muchos silencios bien medidos, su universo nos llega siempre destilando lucidez. Como si el tequila de estos versos hubiera embriagado su voz de pura y  

dolorosa conciencia. Una honestidad sin arrebatos. El trato verbal que da a su intimidad es particular, una marca de la casa: cuando suponemos estar delante de una estampa sentimental, en verdad tratamos de descifrar un resplandor o una oquedad abstracta, así se manifieste literalmente. Es lo que escuché decir a Juan Gelman en un otoño madrileño: “Los poemas no son la autobiografía del poeta: crean su biografía”. Paolo Guinea nos escarba y nos revela en la lectura que hacemos de su historia. Y a partir de allí, establece el conocimiento de sí mismo.

 

Cabalgando, bebiéndose sus “Caballitos”, Paolo Guinea botó para siempre la etiqueta de “joven poeta”. Esos ritos ya no son los suyos. Ha madurado. Alcanzó una cota que lo distingue del resto. Es dueño de su expresión, pero no de sus monstruos. Algo que nos reconforta y promete más hallazgos. Por ahora, su galope ya tiene huella. “Alba” constituye un poema memorable y perfecto. Mientras otros desbarran en sus horas infinitas de redes sociales sobre lo que significa ser poeta, Paolo Guinea ha logrado encarnar su ración de poesía que, en el frente centroamericano, da cuenta del idioma español.

 

 

Alexánder Sequén-Mónchez

Madrid, invierno y febrero, 2014

 

 

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